Lo que uno encuentra en el mundo
real, también está en la red. Durante los últimos años internet me ha permitido
conocer a personas muy interesantes. En la mayoría de los casos ha sido una cadena
afortunada de accidentes: un hallazgo lleva a otro y así.
1. Hace unos quince años, más o
menos, conocí en una sala de chat de Starmedia a una entrañable amiga. Durante
mucho tiempo intercambiamos poemas. Ella tuvo la iniciativa y el 23 de
septiembre de ese año me envió un correo electrónico con un poema de Elías
Nandino, “Eternidad del polvo”, si la memoria no me falla. No fue extraño si
pensamos que la noche anterior estuvimos hablando de si los amorosos están solos
(cada uno por su lado) o solos (juntos y al margen de todo), discutimos si
debíamos o no canonizar a las putas y cosas por el estilo.
2. Cada poema nos llevaba a la
vida del poeta, su época, su estilo. La imagen, el ritmo, la idea que provocaba. Pronto me vi buscando más poemas de
Nandino. Llegaron a mis manos además de Eternidad del polvo, Cerca de lo lejos,
Ciclos terrenales, Erotismo al rojo blanco. Me leí la biografía novelada de
Enrique Aguilar y la autobiografía, a manera de réplica, Juntando mis pasos. Sin ir más lejos, el mes pasado compré el
libro de Lilia Solórzano Esqueda, Elías Nandino, Entre la convicción y el
temblor... Cuando inicié la licenciatura en Literatura creí que los alburemas serían un buen tema de tesis, luego me dio flojera y me titulé por promedio.
3. Un día, buscando en la
librería algún otro texto de Elías Nandino me encontré un ejemplar de la
primera edición de Del rojo al púrpura. Poemas de amor y piel, de Rodolfo Naró
(2000). El título me hizo recordar al del libro que contiene los alburemas y
picardías de Nandino. De los primeros, el que sigue:
Al no dar con la entrada,
entré por la salida.
Pero esto no importa
porque cualquier camino
conduce a la avendia.
De las otras,
Vamos jugando el cuerpo
en el cubilete:
el que pierda lo pone
y el que gane lo mete.
No tuve que llegar a la página
105 del libro de Naró en la que se encuentra un poema titulado “Erotismo al
rojo blanco” dedicado a Nandino, el indicio se confirmó cuando en la cuarta de
forros leí que “Rodolfo Naró (Tequila, Jalisco, 1967) fue uno de los últimos
alumnos del maestro Elías Nandino”. La poesía del discípulo era alegre,
juguetona y divertida. Por instantes aforística, como cuando dice “En el fondo
del corazón / siempre hay una mujer”, en general iluminada por un erotismo
sin rubores, como en “Anatomía del placer”:
Qué placer
el placer del pecado
Senderos de tierra caliente,
Vergel de sexos inchados,
Prohibida pasión,
Climax de deseos inconfesados.
4. Durante la fiebre del blog,
encontré en algún blogroll La columna chueca, el blog de Rodolfo Naró, del que
me hice seguidor. Luego, pasados los años, nos fuimos al Twiter y al Facebook
donde lo sigo leyendo.
5. Con el tiempo se reunieron en
mi librero Amor convenido (1999), Árbol de la vida (2001), El antiguo olvido
(2005), El orden infinito (2007, 2015) y Cállate Niña (2011). Y desde hoy, Lo
que dejó tu adiós (2016), un recuento donde los alburemas no pueden faltar.