Llegaba al colegio a las 7:00 de la mañana y tenía una hora libre
porque mis hermanos entraban a esa hora y yo a las 8:00. A veces jugábamos básquetbol o béisbol con pelotas de esponja.
Con frecuencia lo veía pasar puntual y solemne hacia su clase en el
bachillerato, siempre la primera hora.
En una ocasión, cosa curiosa, en lugar de ir hacia su clase
salió a convocarnos. Un grupo de estudiantes de secundaria nos entreteníamos
matando el tiempo antes de comenzar la jornada.
-Ayúdenme – pidió.
Durante la madrugada estuvo sacando fotocopias y nosotros le
ayudamos a compaginar folios para sus alumnos. Daba clases en el bachiller y en
la Normal.
Años después fue mi profesor.
Pero en ese momento me atreví a preguntar de dónde sacaba
tanta energía, por qué se empeñaba en tener listas las copias para sus alumnos,
por qué no improvisaba.
-Hay un dicho oriental -me explicó- que sugiere que si algo
vale la pena, vale la pena hacerlo bien.
Durante algunos años estuvimos en contacto.
Lo recuerdo con una expresión fría, seria, siempre formal.
De voz pausada, bajo volumen (aunque si tenía que gritar, gritaba). Intolerante al ruido, amante del orden, comprometido con la
educación.
Para más detalles: durante toda la clase sostenía un gis en
la mano derecha y escribía poco, muy poco, en el pizarrón.