No venía preparado pero...
Me preguntas del amor cosas para las que no tengo respuestas, si las tuviera quizá ya habría publicado un libro sobre el tema y sería famoso. Iría por el mundo dando consejos en auditorios llenos. Y por supuesto, me tomaría fotos después de cada conferencia, firmaría libros y lo mejor de todo: le ahorraría sufrimiento a la gente. O por lo menos, los vería partir con la ilusión renovada y una sonrisa a cambio de su boleto.
Lejos de eso, te diré que el amor es un misterio al que hay que adentrarse para sentirlo y conocerlo. Un mar para disolverse. Un fuego en el que hay que arder...
Eso que se dice cuando se dice amor es tanto un impulso como una idea, o sea, hablamos neurotransmisores y hormonas -por supuesto- y también del discurso que da forma a la voluntad y el deseo transformándolos en cultura. Una manera de habitar el mundo. O cohabitar. Cuando decimos amor lo evocamos desde nuestro universo occidental (entendido como sistema de creencia y experiencias), cuando no apelando al amor cortés y la nostalgia medieval. Luego, al sentido originario y original se van añadiendo los miedos, los tropiezos, los sinsabores y, no pocas veces las frustración.
Entonces, para reconciliarse con el amor valdría la pena volver a los mitos en busca del sentido y la belleza de la pasión amorosa (pero antes del viaje es menester desprenderse de prejuicios, darse la oportunidad de revisar la vida con ojos nuevos, entender con las entrañas y sentir con todo el cerebro... de no hacerlo el vacío será abismal y la oscuridad negra oscuridad).
El amor es creer y crear. Descubrir y re-velar. Es vibrar en un tono trascendente donde se confunde la grandeza y miseria de lo humano, porque -a riesgo de sonar demasiado ontológico- el amor es totalidad. La dicha y el dolor que el amor conlleva depende de qué tanto se adentre uno en el misterio.
Pienso, ahora, que el amor es un destino que se elige decisión tras decisión. Y toda decisión importante es necesariamente personal e intransferible. Por ende no se puede culpar a nadie si las cosas salen bien o salen mal.
Ya iré abordando tus preguntas, una a una, a ver si les damos respuesta, por ahora digamos que enamorarse es un riesgo personal. Quien descubre-acepta-construye amor, lo hace libremente y con absoluta responsabilidad.
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domingo, 12 de abril de 2020
lunes, 15 de agosto de 2016
Lectura de cartas
Recuerdo mi primer día como
estudiante en la facultad. Recuerdo la primera clase: Realismo I con Sergio
Ortega. Recuerdo además que, en la prepa, en mis horas de Literatura con
Carrillo aprendí que el pizarrón sirve para dibujar (nada más) de modo que
comenzar la licenciatura tenía un grato sabor a incertidumbre y novedad.
Sin más preámbulo que un resumen
sobre el Realismo extraído de algún manual, comencé a leer Madame Bovary. Sin duda, la literatura está hecha de personajes
entrañables cuya materia prima es la palabra. Si digo Kundera pienso en Tamina,
si escucho Benedetti me remito a Beatricita y su voz inolvidable, y también en
Avellaneda y Santomé, por ejemplo.
Emma se colocó de inmediato en los primeros
lugares de mis afectos.
Por un lado, el universo
ficcional me envolvía irremediablemente; por otro, tenía la impresión de estar
perdiéndome lo importante. Sergio me recomendó que leyera La orgía perpetua y,
ni tardo ni perezoso, pasé a las librerías buscándola. “Está agotado”, era lo
único que alcanzaban a decir los vendedores... Para mi fortuna, en el negocio
de Carlitos Ponce había un ejemplar, un poco maltratado, pero “nuevo”.
Al comenzar a leerlo me pareció
exagerado que Vargas Llosa alardeara de haber leído la novela de Flaubert media
docena de veces antes de comenzar el ensayo. Hoy sé que no es una exageración,
uno vuelve tarde o temprano a los libros cuya lectura constituyó una revelación...
El título del ensayo remite a las cartas que escribió el francés. El premio Nobel usa una cita de la carta a Mlle. Leroyer de Chantepie, del 4 de septiembre de 1859, como epígrafe:
El proceso de escritura, la emoción del trabajo intelectual, el furor de las musas fue vivido por el autor de La educación sentimental como una prolongada, agotadora y compartida pasión gozosa. Madame Bovary lo atestigua, pero su valor no reside sólo en ello: "Hay, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto", escribe Vargas Llosa y sigue: "de otro, lo que constituye la novela en sí misma, prescindiendo del efecto de su lectura: la historia que es, las fuentes que aprovecha, la manera como se hace tiempo y lenguaje", pero lo más importante: la novela vale por su relación con toda la literatura: con las obras que le preceden y le suceden.
Le seul moyen de supporter l'existence, c'est de s'étourdir dans la littérature comme dans une orgie perpétuelle
El proceso de escritura, la emoción del trabajo intelectual, el furor de las musas fue vivido por el autor de La educación sentimental como una prolongada, agotadora y compartida pasión gozosa. Madame Bovary lo atestigua, pero su valor no reside sólo en ello: "Hay, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto", escribe Vargas Llosa y sigue: "de otro, lo que constituye la novela en sí misma, prescindiendo del efecto de su lectura: la historia que es, las fuentes que aprovecha, la manera como se hace tiempo y lenguaje", pero lo más importante: la novela vale por su relación con toda la literatura: con las obras que le preceden y le suceden.
El recuerdo viene a cuento porque
pasados los años, llegaron a mis manos las cartas a Louise Colet en una bellísima edición de
Siruela. Y, además, porque este semestre tengo alumnos que inician sus estudios
de literatura y siento las ilusiones renovadas. Pero sobre todo, porque tengo una agenda muy apretada y necesito
unos minutos para mí: una lectura que le devuelva el valor a las cosas
importantes... Hay que gastar la vida en asuntos trascendentes: perderse en
pendejadas es el destino de los miserables. En fin, vuelvo a las cartas y
transcribo un fragmento para dejar constancia:
Jueves, once de la noche (6 de agosto de 1846)Estoy roto, aturdido, como después de una orgía prolongada; me aburro mortalmente. Tengo en el corazón un vacío inaudito. Yo que era antes tan tranquilo, tan orgulloso de mi serenidad, que trabajaba de la mañana a la noche con un rigor persistente, no puedo leer, ni pensar, ni escribir; tu amor me ha vuelto triste.
Y quizá también busqué las cartas porque cuando no escribo siento que algo me falta o porque hay amores que nos vuelven tristes.
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