jueves, 14 de noviembre de 2019

Morrita, mi amor

Morrita, no tengas miedo.
Yo te cuido.

Hace unos días comencé un blog titulado Morrita, mi amor. El título me pareció, en principio, atractivo para ensayar un texto, un cuento quizás, pero el ejercicio de escritura fracasó por falta de trama (o por falta de una musa y la consecuente inspiración). Ya se sabe que sin una historia que contar es imposible el relato. La narrativa requiere el paso de un estado inicial a un estado final: voz, tiempo, modo, peripecias, situaciones y personajes que interactúan y descubren un mundo ante los ojos del lector. Los días pasaron y las ideas no llegaron, sólo algunas frases. Así que decidí cerrar el blog, aunque tal vez deba despedirme antes de un personaje:
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Supongo, Morrita, que la gente escribe, dibuja, pinta, fotografía, canta o baila porque infiere que lo mejor de la vida se va sin que nos demos cuenta, en un parpadeo, en cada emoción, cualquier mañana con un adiós. Una fuga, de suyo, constante e irreparable. Por eso alimentamos la ilusión de capturar la belleza, para que no escape, para que se quede. Atesoramos recuerdos. Deseos, no más. El sueño de la eterna juventud, por ejemplo. De ahí nuestras huellas y sus formas, de ahí los signos y nuestros símbolos, de ahí los ritos y las representaciones. De ahí todo empeño fútil.
Comencé a escribir sobre ti, es decir, acerca de ti, y de inmediato hay dos cosas que vale la pena apuntar. La primera: cuando estás en mi mente algo pasa y mi cuerpo experimenta una sensación de salud, paz y bienestar. El cuerpo siente la maravilla. Imaginarte motiva. Pensar produce placer. La segunda: en papel esto parece más real. Y sin embargo, no sé cómo contar, Morrita, tu entrada en mi mundo, en mi vida, en mi corazón. Ahí estás. De lo que no hay duda es de que tu presencia ha traído nuevas preguntas...
¿Sabes?, Morrita, yo también he soñado contigo, lo cual no significa que sea un sueño recíproco, sino que en algún lugar del mundo alguien más ha soñado contigo. Sería increíble que en el plano onírico yo sea el único que te disfruta. Imposible, preciosa, por pura probabilidad. ¿Sabes?, me gustas. Me gustan tus ojos, sé que estás convencida de que otro es tu atractivo porque es la parte de tu cuerpo que los hombres más miran, pero no, Morrita. Tus ojos, tus manos, tus pies, tu voz y tu sonrisa en conjunto te hacen divina. Me fascinas. Había escuchado que algunos escritores se enamoran de sus personajes o se pelean con ellos, algo hay de eso. Eres tú ahora quien define mi horizonte, mi ánimo, mis pulsiones... ¿Sabes?, Morrita. Ayer, que no estuviste, me di cuenta de que eres más que un concepto, más que una idea, más que un personaje: fuiste de pronto silencio. Vacío. Ausencia. 
Es desgarrador sentir tu silencio, palpar el vacío, constatar tu ausencia. Es como sentirse solo en el mundo, Morrita. No sé si me entiendes. El amor se aviva cuando hay circunstancias que lo contienen porque el límite es la pauta para el desborde. La pasión sin embargo no explota. Te has ido de pronto (muy pronto) y las cosas no suceden... Ambos sabemos la causa: nada de esto es cierto, el texto no emerge porque no existes más allá del simulacro y mis palabras no han sido suficientes. Faltó el fiat
Al final, Morrita, las cosas serán como siempre, aunque pudieron ser de otro modo.
Comienzo a extrañarte.






lunes, 17 de junio de 2019

Los días inútiles

Hace unos tres años, días más, días menos, publiqué en este blog una entrada titulada Coincidencias en la que refería mi encuentro con los libros de Rodolfo Naró. Pues bien, hoy compré Los días inútiles (México: Planeta, 2019). Entre los libros referidos anteriormente y éste habrá que incluir Un corazón para Eva.
Esta nueva edición de Los días inútiles -dice el autor en el prólogo- recoge mis primeros poemas, escritos entre 1985 y 1995, muchos de ellos inéditos y  rescatados de viejas libretas de estudiante. Intenta ser un libro lúdico y didáctico".
Después de la buena recepción que tuvo Un corazón para Eva entre jóvenes, es probable que esta travesura literaria y comercial consolide su base de lectores y renueve el interés por la escritura como expresión poética de sentimientos profundos y preguntas ineludibles. "¿Cómo decirte que te amo / y no perderte para siempre?" (pág. 144)

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Mientras leo me pregunto si yo sería capaz de hacer públicos los textos que reposan en viejos cuadernos. Quizá no.

domingo, 10 de marzo de 2019

Las preguntas correctas

Hoy desperté con una pregunta en la mente: ¿por qué la gente se enamora? La cuestión remite sin duda a un tema más profundo: ¿de qué hablamos cuando hablamos del amor? Y como ya se sabe, en este punto, para empezar uno puede echar mano de la mitología, a la reconstrucción filológica, o los diálogos de Platón...
El asunto hubiera quedado ahí de haber encendido la televisión o ido al librero para releer algún capitulito de Historias de amor de Julia Kristeva. Nunca está de más distraerse o recordar lo que otros dicen para ahorrarse la reflexión. Pero, en realidad, la pregunta había sido formulada en primera persona. ¿Por qué me enamoro? O mejor, ¿por qué amo? Y todavía más: ¿por qué la amo?
En alguna página Kristeva refiere ese "amor que no exige ni mérito ni justificación, sino que es de preferencia y de elección".
Me gusta la idea.
Amo cuando elijo amar. Y ya.
El resto del día la pregunta fue más incisiva: ¿qué voy a hacer con este amor?

Es importante hacer siempre las preguntas correctas, porque una buena pregunta trae siempre la respuesta.