Recuerdo a una mujer como si no pasara el tiempo. Recuerdo su sonrisa y sus ojos cafés como si tuviera en mis manos una fotografía. Recuerdo su voz alegre y juvenil como si la estuviera oyendo. Su belleza era la luz que aguarda en el poema (no hace falta decir más).
La recuerdo con su red para atrapar mariposas entrando al laboratorio de cómputo.
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sábado, 25 de noviembre de 2017
viernes, 2 de junio de 2017
Recuerdo a una mujer III
Recuerdo a una mujer. Recuerdo el tiempo feliz que trajo su presencia a mi vida. Recuerdo que cuando no estábamos juntos pensaba en ella todo el tiempo. Que su nombre vivía en mis labios. Que al imaginarla podía sentir su perfume. Que pasaba horas mirando sus fotografías, escribiéndole cartas o hablando por teléfono con ella.
Un día le declaré mi amor.
-¿Cuánto tienes ahorrado? -respondió.
Pasados los años puedo transcribir, aquí y ahora, íntegra la conversación, pero no tiene caso. En resumen: dijo que no.
Supongo que esperaba escuchar una cantidad mayor.
Un día le declaré mi amor.
-¿Cuánto tienes ahorrado? -respondió.
Pasados los años puedo transcribir, aquí y ahora, íntegra la conversación, pero no tiene caso. En resumen: dijo que no.
Supongo que esperaba escuchar una cantidad mayor.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
Cuento...
Recuerdo que antes de desaparecer cambió varias veces de nombre. Cada cambio implicaba un nuevo look, una nueva personalidad, una nueva habitación. Cualquiera juraría que era otra de tan distinta, pero su triste corazón era el mismo. Miraba siempre con ojos de artista. La vida le quedaba chica... Creo que me enamoré de ella cuando se llamaba Lulú.
jueves, 22 de septiembre de 2016
Tarde de placeres
He pasado esta tarde, como pocas veces, dedicado a los placeres: estuve en la presentación del libro de Gerardo Sifuentes, Paracosmos, ocasión propicia para el encuentro con amigos muy admirados y queridos. Gerardo y yo fuimos compañeros en la escuela. De esos tiempos data la amistad y el cariño. Sus éxitos me alegran. Acaba de recibir un premio de periodismo.
Después fui a mi clase y ya se sabe que las clases cuando funcionan recargan las pilas. La docencia aunque ya no es tan gratificante como lo fue en otros momentos de la historia, gratifica.
Al terminar fui al teatro a ver Memoria crítica de Felipe Galván, una obra que apela por igual a las emociones y la inteligencia con su humor fino y un elegante manejo de la ironía... Felipe fue uno de los primeros profesores que tuve en la facultad.
Uno crece cuando está en contacto con gente que tiene proyectos, que ama lo que hace, que se apasiona... Esto, sin embargo, a la gente que administra la educación se le olvida o nunca lo entiende (porque, parafraseando a Pascal, hay razones que la administración no entiende).
Lo que soy y lo que sé se lo debo en gran medida a mis profesores y profesoras. Con Galván aprendí muchas cosas, pero lo que más le agradezco es que me haya ubicado. Con tres palabras me hizo comprender en qué universidad me había inscrito.
Por la mañana había comprado el libro Inéditos y extraviados de Ignacio Padilla, sentí por un lado la alegría de hallar sus letras, por el otro, el golpe de su ausencia. En el trabajo, confirmé que tengo un gran equipo. Mejor aún, soy parte de un gran equipo.
Ah, casi lo olvido: hoy la vi, me miré en sus ojos y supe que sigo vivo. Lo demás es prescindible.
viernes, 16 de septiembre de 2016
Recuerdo a una mujer 2
Recuerdo a una mujer. Recuerdo su piel
morena y sus ojos grandes, brillantes, oscuros. Cuando yo la miraba y Ella me
veía sosteníamos la mirada. ¡Cuántos mundos pueden imaginarse en el silencio
compartido! Recuerdo que tenía nombre de telenovela... y me gustaba
pronunciarlo, repetirlo.
Unos días era una
chica ordinaria que podía confundirse entre la gente; otros, sin embargo, era
hermosa, exuberante, imprescindible. Empecé a necesitarla. Llegó un momento en
el que su presencia se hizo indispensable. Para decirlo con palabras de Julio
Ramón Ribeyro, cuyos diarios estaba leyendo al comenzar el mío:
Mi pasión por ella se ha tornado violenta, obsesiva. Su
sola presencia me produce como un gozo sensual difuso, no localizado, me extasía
y me extenúa.
Algo así sentía. Terminé convencido de que
mi amor hacia ella era genuino. Se acercaba y mi corazón latía, me robaba el
aire, me dejaba sin palabras (supongo que ella lo notaba y se divertía mientras
yo imaginaba el futuro en su compañía).
“No te vas a librar de mí, fácilmente”,
dijo el último día en que nos vimos. Eso hubiera querido pero la vida es
maestra en el arte de la ironía.
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