¿Por qué escribir un diario?
Porque su construcción es una búsqueda de sentido. En todo diario hay una búsqueda filosófica, una indagación profunda en torno a preguntas insolubles.
Hay también un misticismo, una sed de trascendencia, un desborde de sí mismo, una ruptura del tiempo, una pausa en el día a día. Un arrebato contemplativo.
Hay una narrativa en primera persona, un yo que se afirma y pronuncia, un testimonio de lo cotidiano en el que la literaturidad se filtra.
Más que un cuaderno de viaje es una libreta de vida.
Más que una bitácora de obra es la obra misma.
Más que un manojo de memorias es un legajo de recuerdos que se actualizan y transforman en la lectura.
¿Y sobre qué versa el diario?
Sobre las obsesiones de quien escribe.
De ahí su poder.
Ahí la vulnerabilidad.
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lunes, 22 de enero de 2018
lunes, 15 de agosto de 2016
Lectura de cartas
Recuerdo mi primer día como
estudiante en la facultad. Recuerdo la primera clase: Realismo I con Sergio
Ortega. Recuerdo además que, en la prepa, en mis horas de Literatura con
Carrillo aprendí que el pizarrón sirve para dibujar (nada más) de modo que
comenzar la licenciatura tenía un grato sabor a incertidumbre y novedad.
Sin más preámbulo que un resumen
sobre el Realismo extraído de algún manual, comencé a leer Madame Bovary. Sin duda, la literatura está hecha de personajes
entrañables cuya materia prima es la palabra. Si digo Kundera pienso en Tamina,
si escucho Benedetti me remito a Beatricita y su voz inolvidable, y también en
Avellaneda y Santomé, por ejemplo.
Emma se colocó de inmediato en los primeros
lugares de mis afectos.
Por un lado, el universo
ficcional me envolvía irremediablemente; por otro, tenía la impresión de estar
perdiéndome lo importante. Sergio me recomendó que leyera La orgía perpetua y,
ni tardo ni perezoso, pasé a las librerías buscándola. “Está agotado”, era lo
único que alcanzaban a decir los vendedores... Para mi fortuna, en el negocio
de Carlitos Ponce había un ejemplar, un poco maltratado, pero “nuevo”.
Al comenzar a leerlo me pareció
exagerado que Vargas Llosa alardeara de haber leído la novela de Flaubert media
docena de veces antes de comenzar el ensayo. Hoy sé que no es una exageración,
uno vuelve tarde o temprano a los libros cuya lectura constituyó una revelación...
El título del ensayo remite a las cartas que escribió el francés. El premio Nobel usa una cita de la carta a Mlle. Leroyer de Chantepie, del 4 de septiembre de 1859, como epígrafe:
El proceso de escritura, la emoción del trabajo intelectual, el furor de las musas fue vivido por el autor de La educación sentimental como una prolongada, agotadora y compartida pasión gozosa. Madame Bovary lo atestigua, pero su valor no reside sólo en ello: "Hay, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto", escribe Vargas Llosa y sigue: "de otro, lo que constituye la novela en sí misma, prescindiendo del efecto de su lectura: la historia que es, las fuentes que aprovecha, la manera como se hace tiempo y lenguaje", pero lo más importante: la novela vale por su relación con toda la literatura: con las obras que le preceden y le suceden.
Le seul moyen de supporter l'existence, c'est de s'étourdir dans la littérature comme dans une orgie perpétuelle
El proceso de escritura, la emoción del trabajo intelectual, el furor de las musas fue vivido por el autor de La educación sentimental como una prolongada, agotadora y compartida pasión gozosa. Madame Bovary lo atestigua, pero su valor no reside sólo en ello: "Hay, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto", escribe Vargas Llosa y sigue: "de otro, lo que constituye la novela en sí misma, prescindiendo del efecto de su lectura: la historia que es, las fuentes que aprovecha, la manera como se hace tiempo y lenguaje", pero lo más importante: la novela vale por su relación con toda la literatura: con las obras que le preceden y le suceden.
El recuerdo viene a cuento porque
pasados los años, llegaron a mis manos las cartas a Louise Colet en una bellísima edición de
Siruela. Y, además, porque este semestre tengo alumnos que inician sus estudios
de literatura y siento las ilusiones renovadas. Pero sobre todo, porque tengo una agenda muy apretada y necesito
unos minutos para mí: una lectura que le devuelva el valor a las cosas
importantes... Hay que gastar la vida en asuntos trascendentes: perderse en
pendejadas es el destino de los miserables. En fin, vuelvo a las cartas y
transcribo un fragmento para dejar constancia:
Jueves, once de la noche (6 de agosto de 1846)Estoy roto, aturdido, como después de una orgía prolongada; me aburro mortalmente. Tengo en el corazón un vacío inaudito. Yo que era antes tan tranquilo, tan orgulloso de mi serenidad, que trabajaba de la mañana a la noche con un rigor persistente, no puedo leer, ni pensar, ni escribir; tu amor me ha vuelto triste.
Y quizá también busqué las cartas porque cuando no escribo siento que algo me falta o porque hay amores que nos vuelven tristes.
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