lunes, 15 de agosto de 2016

Lectura de cartas

Recuerdo mi primer día como estudiante en la facultad. Recuerdo la primera clase: Realismo I con Sergio Ortega. Recuerdo además que, en la prepa, en mis horas de Literatura con Carrillo aprendí que el pizarrón sirve para dibujar (nada más) de modo que comenzar la licenciatura tenía un grato sabor a incertidumbre y novedad.

Sin más preámbulo que un resumen sobre el Realismo extraído de algún manual, comencé a leer Madame Bovary. Sin duda, la literatura está hecha de personajes entrañables cuya materia prima es la palabra. Si digo Kundera pienso en Tamina, si escucho Benedetti me remito a Beatricita y su voz inolvidable, y también en Avellaneda y Santomé, por ejemplo. 

Emma se colocó de inmediato en los primeros lugares de mis afectos.

Por un lado, el universo ficcional me envolvía irremediablemente; por otro, tenía la impresión de estar perdiéndome lo importante. Sergio me recomendó que leyera La orgía perpetua y, ni tardo ni perezoso, pasé a las librerías buscándola. “Está agotado”, era lo único que alcanzaban a decir los vendedores... Para mi fortuna, en el negocio de Carlitos Ponce había un ejemplar, un poco maltratado, pero “nuevo”.

Al comenzar a leerlo me pareció exagerado que Vargas Llosa alardeara de haber leído la novela de Flaubert media docena de veces antes de comenzar el ensayo. Hoy sé que no es una exageración, uno vuelve tarde o temprano a los libros cuya lectura constituyó una revelación... El título del ensayo remite a las cartas que escribió el francés. El premio Nobel usa una cita de la carta a Mlle. Leroyer de Chantepie, del 4 de septiembre de 1859, como epígrafe:

Le seul moyen de supporter l'existence, c'est de s'étourdir dans la littérature comme dans une orgie perpétuelle 

El proceso de escritura, la emoción del trabajo intelectual, el furor de las musas fue vivido por el autor de La educación sentimental como una prolongada, agotadora y compartida pasión gozosa. Madame Bovary lo atestigua, pero su valor no reside sólo en ello: "Hay, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto", escribe Vargas Llosa y sigue: "de otro, lo que constituye la novela en sí misma, prescindiendo del efecto de su lectura: la historia que es, las fuentes que aprovecha, la manera como se hace tiempo y lenguaje", pero lo más importante: la novela vale por su relación con toda la literatura: con las obras que le preceden y le suceden.

El recuerdo viene a cuento porque pasados los años, llegaron a mis manos las cartas a Louise Colet en una bellísima edición de Siruela. Y, además, porque este semestre tengo alumnos que inician sus estudios de literatura y siento las ilusiones renovadas. Pero sobre todo, porque tengo una agenda muy apretada y necesito unos minutos para mí: una lectura que le devuelva el valor a las cosas importantes... Hay que gastar la vida en asuntos trascendentes: perderse en pendejadas es el destino de los miserables. En fin, vuelvo a las cartas y transcribo un fragmento para dejar constancia:

Jueves, once de la noche (6 de agosto de 1846)
Estoy roto, aturdido, como después de una orgía prolongada; me aburro mortalmente. Tengo en el corazón un vacío inaudito. Yo que era antes tan tranquilo, tan orgulloso de mi serenidad, que trabajaba de la mañana a la noche con un rigor persistente, no puedo leer, ni pensar, ni escribir; tu amor me ha vuelto triste.

Y quizá también busqué las cartas porque cuando no escribo siento que algo me falta o porque hay amores que nos vuelven tristes.

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