Dice John Baldoni que un buen lider debe convencer a los miembros de su equipo y para ello debe utilizar argumentos que apelen a hechos sólidos. Según él, hay que apelar a la inteligencia, en primera instancia, y luego hay que apelar al corazón, porque a veces las razones no bastan para cambiar.
¿Y qué decir? Que si un equipo no persigue el mismo objetivo no es equipo, es un grupo de gente, un colectivo, un montón de humanos compartiendo el espacio (y quizá cobrando por ello un salario). Son las interacciones que se producen mientras se realiza una tarea las que construyen al equipo.
Por otro lado, más que una oposición entre mente y razón, hay que entender que existen dos formas de procesamiento intelectual: el lógico y el heurístico. Para quienes han desarrollado el primero, la inteligencia les permite identificar premisas, atender a la ley de paso, justificación o autoridad, razonar para llegar a conclusiones aceptables, no sin antes ejercitar la contraargumentación. Llegado a este punto, saben que hay que hacer "lo lógico".
Sin embargo, quienes sobreviven con el pensamiento heurístico, propenso al estereotipo y la lectura superficial del mundo, se dejan seducir por la frase bonita. Los mueve la consigna y quizá por ello hablan de la calidad y la calidez, la forma y el fondo, los retos y las perspectivas. Siempre están ocupados, no preocupados, faltaba más.
A los cerebros heurísticos no hay argumento válido y verdadero que los mueva (exagero, desde luego). La lógica no los convence. Las descripciones y explicaciones los enredan. Y se refugian en el reduccionismo. Prefieren las capsulas ideológicas que la crítica (cosa que por compleja resulta difícil cuando no agresiva. (Simplifico al extremo, obvio).
¿Es entonces cuando hay que apelar al corazón? Pienso que no. ¿Para qué?
Como dice Michel Hyatt, "seguimos siendo primates". O sea, si en el equipo hay alguien que no entiende razones, no hace falta sobarle los sentimientos, hay que darle banana. Y ya.
domingo, 18 de junio de 2017
viernes, 2 de junio de 2017
Recuerdo a una mujer III
Recuerdo a una mujer. Recuerdo el tiempo feliz que trajo su presencia a mi vida. Recuerdo que cuando no estábamos juntos pensaba en ella todo el tiempo. Que su nombre vivía en mis labios. Que al imaginarla podía sentir su perfume. Que pasaba horas mirando sus fotografías, escribiéndole cartas o hablando por teléfono con ella.
Un día le declaré mi amor.
-¿Cuánto tienes ahorrado? -respondió.
Pasados los años puedo transcribir, aquí y ahora, íntegra la conversación, pero no tiene caso. En resumen: dijo que no.
Supongo que esperaba escuchar una cantidad mayor.
Un día le declaré mi amor.
-¿Cuánto tienes ahorrado? -respondió.
Pasados los años puedo transcribir, aquí y ahora, íntegra la conversación, pero no tiene caso. En resumen: dijo que no.
Supongo que esperaba escuchar una cantidad mayor.
lunes, 15 de mayo de 2017
Mi profesor favorito
Llegaba al colegio a las 7:00 de la mañana y tenía una hora libre
porque mis hermanos entraban a esa hora y yo a las 8:00. A veces jugábamos básquetbol o béisbol con pelotas de esponja.
Con frecuencia lo veía pasar puntual y solemne hacia su clase en el
bachillerato, siempre la primera hora.
En una ocasión, cosa curiosa, en lugar de ir hacia su clase
salió a convocarnos. Un grupo de estudiantes de secundaria nos entreteníamos
matando el tiempo antes de comenzar la jornada.
-Ayúdenme – pidió.
Durante la madrugada estuvo sacando fotocopias y nosotros le
ayudamos a compaginar folios para sus alumnos. Daba clases en el bachiller y en
la Normal.
Años después fue mi profesor.
Pero en ese momento me atreví a preguntar de dónde sacaba
tanta energía, por qué se empeñaba en tener listas las copias para sus alumnos,
por qué no improvisaba.
-Hay un dicho oriental -me explicó- que sugiere que si algo
vale la pena, vale la pena hacerlo bien.
Durante algunos años estuvimos en contacto.
Lo recuerdo con una expresión fría, seria, siempre formal.
De voz pausada, bajo volumen (aunque si tenía que gritar, gritaba). Intolerante al ruido, amante del orden, comprometido con la
educación.
Para más detalles: durante toda la clase sostenía un gis en
la mano derecha y escribía poco, muy poco, en el pizarrón.
miércoles, 3 de mayo de 2017
Frase de antología I
Recuerdo un viejo episodio de CSI Miami. Un accidente aéreo en los Everglades enmarca el caso, complicando la recuperación de las evidencias.
Durante la investigación el detective Horacio Caine pregunta a Eric Delko por las cajas negras.
-Hacemos lo que podemos -responde.
La sentencia de Caine es inmediata e inmejorable:
-Pues, hagan más.
Durante mucho tiempo esta imagen ha sido la invitación a dar el extra.
Sé, sin embargo, que no se trata únicamente de hacer más, de llenar las páginas de nuestro diario con el recuento de actividades, de presumir en la cantina con voz de borracho nuestras insignificantes batallas, de gastar la vida en empeños inútiles. Hay que hacer -sí- lo necesario para alcanzar las metas. Si con lo hecho no alcanza, para eso tenemos la inteligencia, el ingenio y la creatividad.
Ante el límite, no hay sino estrategia e innovación.
Durante la investigación el detective Horacio Caine pregunta a Eric Delko por las cajas negras.
-Hacemos lo que podemos -responde.
La sentencia de Caine es inmediata e inmejorable:
-Pues, hagan más.
Durante mucho tiempo esta imagen ha sido la invitación a dar el extra.
Sé, sin embargo, que no se trata únicamente de hacer más, de llenar las páginas de nuestro diario con el recuento de actividades, de presumir en la cantina con voz de borracho nuestras insignificantes batallas, de gastar la vida en empeños inútiles. Hay que hacer -sí- lo necesario para alcanzar las metas. Si con lo hecho no alcanza, para eso tenemos la inteligencia, el ingenio y la creatividad.
Ante el límite, no hay sino estrategia e innovación.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
Cuento...
Recuerdo que antes de desaparecer cambió varias veces de nombre. Cada cambio implicaba un nuevo look, una nueva personalidad, una nueva habitación. Cualquiera juraría que era otra de tan distinta, pero su triste corazón era el mismo. Miraba siempre con ojos de artista. La vida le quedaba chica... Creo que me enamoré de ella cuando se llamaba Lulú.
viernes, 23 de septiembre de 2016
Coincidencias
Lo que uno encuentra en el mundo
real, también está en la red. Durante los últimos años internet me ha permitido
conocer a personas muy interesantes. En la mayoría de los casos ha sido una cadena
afortunada de accidentes: un hallazgo lleva a otro y así.
1. Hace unos quince años, más o
menos, conocí en una sala de chat de Starmedia a una entrañable amiga. Durante
mucho tiempo intercambiamos poemas. Ella tuvo la iniciativa y el 23 de
septiembre de ese año me envió un correo electrónico con un poema de Elías
Nandino, “Eternidad del polvo”, si la memoria no me falla. No fue extraño si
pensamos que la noche anterior estuvimos hablando de si los amorosos están solos
(cada uno por su lado) o solos (juntos y al margen de todo), discutimos si
debíamos o no canonizar a las putas y cosas por el estilo.
2. Cada poema nos llevaba a la
vida del poeta, su época, su estilo. La imagen, el ritmo, la idea que provocaba. Pronto me vi buscando más poemas de
Nandino. Llegaron a mis manos además de Eternidad del polvo, Cerca de lo lejos,
Ciclos terrenales, Erotismo al rojo blanco. Me leí la biografía novelada de
Enrique Aguilar y la autobiografía, a manera de réplica, Juntando mis pasos. Sin ir más lejos, el mes pasado compré el
libro de Lilia Solórzano Esqueda, Elías Nandino, Entre la convicción y el
temblor... Cuando inicié la licenciatura en Literatura creí que los alburemas serían un buen tema de tesis, luego me dio flojera y me titulé por promedio.
3. Un día, buscando en la
librería algún otro texto de Elías Nandino me encontré un ejemplar de la
primera edición de Del rojo al púrpura. Poemas de amor y piel, de Rodolfo Naró
(2000). El título me hizo recordar al del libro que contiene los alburemas y
picardías de Nandino. De los primeros, el que sigue:
Al no dar con la entrada,
entré por la salida.
Pero esto no importa
porque cualquier camino
conduce a la avendia.
De las otras,
Vamos jugando el cuerpo
en el cubilete:
el que pierda lo pone
y el que gane lo mete.
No tuve que llegar a la página
105 del libro de Naró en la que se encuentra un poema titulado “Erotismo al
rojo blanco” dedicado a Nandino, el indicio se confirmó cuando en la cuarta de
forros leí que “Rodolfo Naró (Tequila, Jalisco, 1967) fue uno de los últimos
alumnos del maestro Elías Nandino”. La poesía del discípulo era alegre,
juguetona y divertida. Por instantes aforística, como cuando dice “En el fondo
del corazón / siempre hay una mujer”, en general iluminada por un erotismo
sin rubores, como en “Anatomía del placer”:
Qué placer
el placer del pecado
Senderos de tierra caliente,
Vergel de sexos inchados,
Prohibida pasión,
Climax de deseos inconfesados.
4. Durante la fiebre del blog,
encontré en algún blogroll La columna chueca, el blog de Rodolfo Naró, del que
me hice seguidor. Luego, pasados los años, nos fuimos al Twiter y al Facebook
donde lo sigo leyendo.
5. Con el tiempo se reunieron en
mi librero Amor convenido (1999), Árbol de la vida (2001), El antiguo olvido
(2005), El orden infinito (2007, 2015) y Cállate Niña (2011). Y desde hoy, Lo
que dejó tu adiós (2016), un recuento donde los alburemas no pueden faltar.
jueves, 22 de septiembre de 2016
Tarde de placeres
He pasado esta tarde, como pocas veces, dedicado a los placeres: estuve en la presentación del libro de Gerardo Sifuentes, Paracosmos, ocasión propicia para el encuentro con amigos muy admirados y queridos. Gerardo y yo fuimos compañeros en la escuela. De esos tiempos data la amistad y el cariño. Sus éxitos me alegran. Acaba de recibir un premio de periodismo.
Después fui a mi clase y ya se sabe que las clases cuando funcionan recargan las pilas. La docencia aunque ya no es tan gratificante como lo fue en otros momentos de la historia, gratifica.
Al terminar fui al teatro a ver Memoria crítica de Felipe Galván, una obra que apela por igual a las emociones y la inteligencia con su humor fino y un elegante manejo de la ironía... Felipe fue uno de los primeros profesores que tuve en la facultad.
Uno crece cuando está en contacto con gente que tiene proyectos, que ama lo que hace, que se apasiona... Esto, sin embargo, a la gente que administra la educación se le olvida o nunca lo entiende (porque, parafraseando a Pascal, hay razones que la administración no entiende).
Lo que soy y lo que sé se lo debo en gran medida a mis profesores y profesoras. Con Galván aprendí muchas cosas, pero lo que más le agradezco es que me haya ubicado. Con tres palabras me hizo comprender en qué universidad me había inscrito.
Por la mañana había comprado el libro Inéditos y extraviados de Ignacio Padilla, sentí por un lado la alegría de hallar sus letras, por el otro, el golpe de su ausencia. En el trabajo, confirmé que tengo un gran equipo. Mejor aún, soy parte de un gran equipo.
Ah, casi lo olvido: hoy la vi, me miré en sus ojos y supe que sigo vivo. Lo demás es prescindible.
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