sábado, 20 de agosto de 2016

Nota triste

Hoy me levanté tarde y la primera noticia que recibí fue la terrible muerte de Nacho Padilla... Un maestro de estilo, una inteligencia como pocas, un grande que no conoció la soberbia. Un tipo amable y generoso: gracias a sus recomendaciones descubrí la genialidad de algunos escritores que para mí eran sólo nombres... 


¿Por qué?, Nacho. Era cuestión de tiempo para que tu nombre apareciera entre los candidatos al Nobel y, antes, mucho antes, al Cervantes...

Con Nacho tomé un taller no curricular de reseña crítica en la Universidad de las Américas. En ese tiempo, Pedro Ángel Palou era rector y la institución tenía entre sus proyectos una revista que desde el primer número reveló sus pretenciones. Fuimos varios los compañeros leyendo lo mismo a Saramago que a Javier Marías y García Márquez, formulando juicios, escribiendo... 

Una tarde dijo:
-Me gustaría que reseñaras la nueva novela de Jorge Franco Ramos.
Salí corriendo a la librería y compré Melodrama
Lo leí. La reseña apareció en Revuelta.
Pero no es del autor de Rosario tijeras y Paraíso travel de quien quiero hablar, sino de Nacho, a quien en estas horas quienes lo conocimos repetiremos como un lamento que lo vamos a extrañar. Y sí, sentiremos su ausencia (y nos dolerá, a unos menos a otros más).

Su prosa sorprende por la riqueza léxica y su habilidad discursiva. Era genial, divertido... Algunos de sus libros tienen su autógrafo. Están en mi librero los mismo sus novelas que sus ensayos y textos infantiles, pero la obra que más me gusta es Heterodoxos mexicanos, un libro extraño en el que conversa con Rubén Gallo sobre algunos textos raros. 


¡Cuánta razón!, Nacho... a los mexicanos nos falta el wit inglés (y tú lo tenías, caray).

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